Un día normal para un científico inmigrante en Alemania

Son las 14:38 horas de este jueves. Mientras escribo este texto por ningún motivo en particular, estoy guiando a un estudiante de Magíster sobre cómo usar Matlab y cómo reconstruir imágenes de resonancia magnética (MRI en sus siglas en inglés). En el fondo escucho, con mis audífonos, un gameplay (realmente no sé si hay alguna palabra en español que signifique lo mismo) de uno de mis videojuegos favoritos. En paralelo, gente viene y va a mi oficina a conversar sobre la vida.

Al mismo tiempo mi mente piensa: “No se te olvide que tienes una reunión en 30 minutos, un paper que tener listo de aquí al próximo miércoles, un fondo (o grant) que empezar a postular, y tienes Karate de 19.30 a 20.30 horas. Ah, sí… no se te olvide estudiar alemán y avanzar con tu curso de Deep Learning, ya que no has progresado mucho”. Estos recordatorios que gentilmente mi mente dice, no es algo nuevo. Al menos, creo yo, no es tan demandante o castigador como ha sido en el pasado. Pero no lo sé, si eso fuese cierto, entonces no tendría esta necesidad de comer pastel.

Esta mañana ha sido fatal. Bueno, no tanto. El problema es que no he dormido bien y he tenido que desayunar tarde. Eso al menos me permitió hacer mi rutina diaria de Yoga y llegar a tiempo a mi sesión de terapia. Sí, terapia. En Latinoamérica hay aún un cierto tabú o resquemor sobre ir a terapia, o al menos ir al psicólogo. No sé cómo es en otros continentes, pero en mis tierras aún existe el concepto de que buscar ayuda psicológica no es “justificado” (porque “no has sufrido tanto como para ir”) o muestra debilidad emocional (“agh, como tan exagerado. Todos tenemos problemas y yo que la manejo muy bien”). Al menos eso ya se está perdiendo. Recuerdo que tuve una conversación de dos horas con mis padres explicándoles por qué encontré la necesidad de ir. Bueno, al menos eso es progreso, digo yo. De todas formas, mi día tradicional de los jueves ha ido como siempre: café, yoga, conversar con una señora de una panadería cerca de la oficina de mi terapeuta (en alemán), terapia, llegar al trabajo, responder e-mails, almuerzo (pedir el menú y pagar, todo hablado en alemán), café y más trabajo. Creo que terminaré de comer el pastel, ir por algunas frutillas (o fresas) y continuaré con mi día.

Son las 21:56 horas. Ya es de noche. Mientras escribo, tengo de fondo nuevamente otro gameplay de otro juego, que es parte de una saga de videojuegos que amo. Terminé mi sesión de karate, terminé de comer y estoy listo para estudiar. Sin embargo, el cansancio me agobia, pero aun así me queda algo de fuerzas para continuar: “un ejercicio más”, “un nuevo análisis que hacer”, “aún no es tan tarde, tienes tiempo de seguir avanzando”. Pero no soy yo, sino mi otro yo el que me incita a seguir. Mi lado “demandante”, si… esa fue la forma como mi terapista lo llamó. Nuevamente éste me quiere jugar una mala pasada, y en el mayor de los casos, como hoy, me entrego a sus demandas. Entonces agarro mi PC y empiezo a trabajar en mis “proyectos personales”. Sin embargo, cuando miro por la ventana, como lo he hecho en estos minutos, reviso mi día, como lo hago casi día a día, y me pregunto si vale la pena. Si todo esto, desde levantarme en las mañanas para hacer yoga y desayunar antes de ir a trabajar (o hacer quehaceres pendientes durante el fin de semana) hasta terminar exhausto (después de trabajar, entrenar en karate o correr) casi a la media noche después de estudiar, vale la pena. A veces me da pena pensar, si es que no algo de angustia, que nada vale la pena. Vivo sólo, a mis casi 31 años, lejos de casa, en una sociedad completamente diferente ajena y la cual soy culturalmente un invasor. Y encima de todo esto, como ser humano, moriremos algún día, ¿no? Sin embargo, no es eso lo que nos hace ser más humanos y ver que cada acción que hacemos o cada decisión (buena o mala) que tomamos, ¿es como si fuese la última en nuestras vidas? Finalmente, hoy terminaré durmiendo casi a la medianoche, con alguna música ambiental de fondo: bosques lluviosos o tormentas de nieve. Trataré de no pensar en el qué hacer para mañana, pero creo que será un día más: un día más que tomaré un rico café, un día más que andaré en bicicleta (y ojalá este soleado), un día más que reiré o lloraré, o me estresaré, un día más que diré al acostarme: “hoy ha sido un buen día, ojalá mañana sea igual o mejor. Y sino, bueno… trataré de comer más frutas dulces”.

by Francisco Javier Lagos Fritz

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